Es un trabajo escénico y literario que tiene el objetivo de invitar a la escucha sensible de las historias de vida de algunos pobladores de Jalisco. La narrativa de esta página está realizada por Fátima Paola Arias Álvarez, a partir de grabaciones en voz de los protagonistas. Es un proyecto beneficiario por el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales 2022-2025.
“Desde hace veinticinco siglos el saber occidental intenta ver el mundo.
Todavía no ha comprendido que el mundo no se mira, se oye. No se lee, se escucha (…)
Al escuchar los ruidos, podremos comprender mejor adónde nos arrastra la locura de los hombres
y de las cuentas, y qué esperanzas son todavía posibles.” (Attali, Jacques. 1995).
Camino por la brecha del Crucero,
y de los cactus, de la tierra salina,
de los cercados derrumbados,
de las parcelas azules que han tapizado el suelo de Jalisco;
rezumaban relatos entre los mezquites.
El aire se hace falta así mismo, (año 2022), no solo por los monocultivos e invernaderos que han realizado ecocidio, dejando cerros sin árboles, sino también, por la violencia que supura y mella en el carácter de los pobladores.
De repente, al recorrer las brechas que dividen las parcelas agrarias, miro a una mujer con los ojos hincados, rendidos.
—Vengo del camino de las barrancas, ¿está usted bien? —le pregunté.
—No. Lo perdí. Perdí el sueño.
Le brotó una lágrima, una. Como si la hubiera guardado desde hace años para dejarla salir justo ahí. Quise llorar con ella, pero quién sabe por qué nos aguanté, como si fuera un agravio vernos las lágrimas.
El sollozo sabe lavan la mirada.
La mujer se veía rendida, dibujaba en el suelo polvoso, como quien planea memorias de un pasado que sangra descontentos futuros. Hincada, con la mirada clavada en la tierra, encajó las manos para hacer agujeros, entonces enterrar dudas, gritos mudos. Empotró oraciones en los huecos, quién sabe, con el deseo ya muerto, a la espera de un Aurícula…
—No tiene caso que yo siga fingiendo si ya no sueño. Se la regalo, haga lo que pueda con ella —me dijo al tiempo que se paró para caminar de frente.
De frente.
No se despidió de su memoria, no la volteó a ver ni un solo instante. Ha de ser difícil perder el sueño y soltar, así como así, la historia de su vida a una desconocida.
Hincados, rendidos, cualquier idea de venganza pierde fuerza, ahí la posibilidad de un porvenir sin opio, sin humillación, sin pobreza, se acepta.
Se acepta.
Después del llanto enjuto
el filo de la casanga deja de ser arma,
se convierte en herramienta para hacer equipales,
cortar pitayas o limpiar maleza.
Más antes había un ratero que se metía a las casas a robarle a la gente y tomaba a las mujeres más bonitas para llevárselas al cerro. Ya cuando se hartaba de ellas las regresaba. A los avecindados de las barrancas, les exigía que le hiciera comida a él y sus hombres. Era Joaquín Cedano, ese hombre fue quien enterró todo el dinero, en el lienzo de tío Luis. No lo mataban porque sabía esconderse y llegar de repente con muchos hombres armados. Hasta que un día lo matan en el pueblo de Zacoalco de Torres, en la Palma. Cuando lo mataron salieron las mujeres y lo apedrearon ya muerto. Dejaron su cadáver inservible. ¡Pero muerto él qué iba a sentir! ¡Qué bueno que yo no estaba en esa época! Me hubiera robado. Más antes, cargaban con dos talegas, una en cada pie. Entre los calcetines la gente cargaba cosas, se ponían de a cinco calcetines, se usaban, hasta aquí, gruesos. Pues este Joaquín los llenaba de monedas. Las monedas eran como triángulos de puro oro, yo no las conocí. Que eran triángulos, decía mi mamá, ella sí las conoció.
—Amalea, vamos a reforzar el lienzo —le dijo el tío Luis.
Amalea era su hija la grande, ella fue la que estaba escarbando, ¡y záz!
—¡Aquí no se puede escarbar más. Apá, hay un fierro —le dijo a tío Luis.
Un costalito por un lado, y otro costalito por el otro llenos de oro. ¡En su burrito echó tres viajes de esos!
Luego luego empezó a comprar cosas: el terreno, de ahí, de con Balbina hasta la carretera. Dos casas en el Herrero, un cerro enfrente de con tío Cirilo. Hasta se vinieron a vivir al pueblo de tanto oro que encontró, luego compró tres tráileres. Antes de eso, solo tenía a su burrito.
Tío Luis tenía una sirvienta de noche y de día, era Trini la Bule. Ella misma me dijo que tío Luis sacaba a ventilar pacas de billetes, ¡que llenaba la cama!
—¿Y tú ves? —le pregunté.
—Sí, veo por el agujero de la chapa —me dijo.
Música original de Eli Arenas.
Texto, narración y edición de audio de Fátima Paola Arias.
Música original de Eli Arenas.
Texto, narración y edición de audio de Fátima Paola Arias.
Péndulo inmóvil
La colectora de huellas: Entra a su estudio. Deja los objetos colectados. ¿Quién construye la memoria de un pueblo? ¿Por qué algunos recuerdos se quedan inmóviles y otros vuelan como cantos hasta perderse? ¿Quiénes son los productores de huellas, el cuerpo que pisa o el cuerpo que las recibe? Observa las huellas.
Testigo: Lame la punta de la vara. Las huellas guardan el aroma, como los cadáveres. Sucede que no nos gusta el olor putrefacto, por eso nos alejamos. Pero cuando le encontramos el gustito, el viento da señales, todo nos cuenta, nada se calla. Husmea el viento. Encaja la vara en el piso, la gira, la saca y huele su punta. Así hemos encontrado cuerpos. Me ilusiona pensar que el aroma de mi hermano me llevará hacia él. Cuando tenga sus huesos entre mis manos, le daré un abrazo, un abrazo suave de buitre. Volaré con él hasta las alturas de aquel cerro. Solo los que buscamos, los que anhelamos hacer girar el tiempo, sentimos lo que los Eúies ya no tienen. De entre las piedras, de entre los pequeños y sedientos arbustos, de las ruinas de lo que fue una vivienda, de los cadáveres de animales que se quedaron en las parcelas ya secas, de ahí salen pobladores. Nada desaparece, los amados se acurrucan en nuestra memoria. Se encapsulan en el cuerpo de los vivos y de aquí no salen. No salen. Hay huellas que no se ven, se escuchan. La trampa es creer que somos nosotros mismos quienes nos hablamos: “no hay razón”, nos decimos. No queremos saber más. Los ahuyentamos, a vivos y a muertos por igual.¡No se mueva!
La colectora: ¿Quiénes son?
El Testigo: Los agujerados, los Eúies. No los escuché, cántese otra cosa. Sus sonidos arrinconan a los pobladores. ¡Cántese otra cosa! Ya arrinconados, algo les hacen, algo les dejan y se van. Los pobladores repiten los sonidos de los Euíes una y otra vez. ¡Cántese otra cosa! Cantando:
Me convertiré en buitre
Para llegar a tus brazos
Me convertiré en buitre
Para abrazate mi hermano
Me convertiré en buitre
En buitre mi amor
Para encontrarte en las sombras
en las sombras de la encarnación
Me convertiré en buitre
Para contarte la historia
De aquel pueblo fantasma
Que se quedó en la memoria.
Presencias que no terminan de irse. No porque no se hayan ido, es porque las encarnamos. Tomamos su lugar, nos abrimos la herida para injertar una historia que no es nuestra, pero termina siendo, no nos podemos escapar de ella. Ya se fueron y aquí los traemos. Las dos cosas. ¡Ya se fueron!
La colectora: Me voy
El testigo: No se tarde.
La colectora de huellas: No se preocupe, la memoria persigue.
El testigo queda inmóvil, la colectora entra a su estudio.
La colectora de huellas: La marca de aquello que pasó sobre nosotros, sigue hablando, es ese el mundo que nos mira y creemos que somos nosotros quienes lo miramos. Ahí está la dificultad. Escribe a modo cartográfico:
“Nada desaparece, los amados se acurrucan en nuestra memoria. Se encapsulan en el cuerpo de los vivos y de ahí no salen. No salen. Hay huellas que no se ven, se escuchan. La trampa es creer que somos nosotros mismos quienes nos hablamos: no hay razón, nos decimos”. Comentó el testigo. Sin año.
Texto, narración y edición de Fátima Paola Arias
Música original de Eli Arenas
Buzón para comentarios, sugerencias o aportaciones al archivo.
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